Por Gisselle Morales Rodríguez, en Cuba Profunda
Tomado de La Chiringa de Cuba

El olfato me dice que debo escribir sobre los cambios en la política migratoria; que si el tema saltó de las páginas personales, donde se esgrimía con expectación o sarcasmo, hasta la mismísima portada del diario Granma, con editorial incluido, alguna reacción se supone tendría que causarme. Alguna que no sea esta sensación de estupor generalizado que vengo arrastrando desde que escuché la noticia, primero en la revista Buenos días, después en la parada de la guagua, el mercado agropecuario, el merendero de la esquina… amplificada por obra y gracia del asombro popular.

No se habla de otra cosa desde ayer en Cuba -al menos, en el pedazo de Cuba que me toca-: los intentos desestabilizadores en Siria parecen el eco lejano de una guerra demasiado vista, los indignados de medio mundo dejaron de monopolizar nuestros titulares, la sentencia del ciudadano español recién juzgado en Bayamo se diluyó sin penas ni glorias en la vorágine del momento. Es como si, de pronto, cualquier asunto sin vínculos directos con la reforma migratoria debiera esperar a que pase el instante de la histeria colectiva.

Apenas un día después del anuncio público, ya la gente explica con tanta vehemencia en plena calle los requisitos para viajar y los papeles obsoletos que uno llega a creer que el proyecto de resolución estuvo expuesto al escrutinio del país mientras recorría los despachos en el largo y tortuoso camino hacia su aplicación definitiva.

A mí, sin embargo, no me entusiasma tanto por la posibilidad de viajar en las vacaciones a las pirámides de Egipto o al puente sobre el río Támesis -que para liberar el stress ya podía hospedarme en el Meliá Cohíba o en el Hotel Nacional, ¿o no?-, sino por la rapidez con que se llevó a vías de hecho uno de los lineamientos que, sinceramente, yo suponía iba a ser de los últimos en analizarse. Es, de todos los cambios, el que me tiene estupefacta.

De cualquier manera, no me perturba demasiado la vida. Ya lo había declarado en un post hace casi un año y aprovecho para reafirmarlo: Si el aumento de mi salario no transita por las mismas oficinas que la reforma migratoria, con todos los cuños y anuencias del Parlamento, aún deberé conformarme con el recorrido Sagua-Santa Clara-Sancti Spíritus y con las pirámides de mis nostalgias.

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